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Cuba ante múltiples epidemias: lo que se sabe, lo que se dice y lo que probablemente ocurra

La crisis sanitaria en Cuba se agrava por la circulación simultánea de varias epidemias y la escasez de recursos médicos. Desde mediados de 2025, Cuba enfrenta un escenario sanitario marcado por la circulación simultánea de varias arbovirosis, principalmente dengue, chikunguña y virus Oropouche. Aunque los primeros reportes ciudadanos en redes sociales comenzaron meses antes, el reconocimiento oficial del problema como epidemia no llegó hasta noviembre de 2025, cuando ya existían señales claras de transmisión sostenida en varias provincias.

A nivel internacional, el consenso es claro: no se trata de una pandemia, pero sí de un brote epidémico complejo. La Organización Panamericana de la Salud ha señalado que el control de estas enfermedades depende en gran medida del control vectorial, una tarea intensiva en recursos que hoy se ve limitada por la escasez de insumos, combustible, reactivos de laboratorio y dificultades estructurales en saneamiento y agua. La Organización Mundial de la Salud encuadra el caso cubano dentro de un aumento regional de arbovirosis en 2025, mientras que el Centers for Disease Control and Prevention emitió alertas sanitarias para viajeros, confirmando que el riesgo sigue activo.

Cuba ha movilizado sus propios recursos: personal sanitario, vigilancia epidemiológica y campañas comunitarias. A esto se suma la ayuda extranjera canalizada por organismos como OPS, UNICEF y la Federación Internacional de la Cruz Roja, con envíos de reactivos, mosquiteros, medicamentos básicos y apoyo técnico. Sin embargo, estas asistencias han sido puntuales y de contención, no suficientes para resolver de forma estructural las causas que favorecen la propagación del mosquito.

La experiencia histórica del país frente a epidemias —incluida la COVID-19— muestra un patrón recurrente: capacidad de respuesta una vez reconocido el problema, reducción de picos de contagio, pero dificultad para cerrar completamente el ciclo. En ese contexto, el escenario más probable es un descenso relativo de casos en el corto plazo, suficiente para hablar de “avances”, seguido de rebrotes localizados en los meses siguientes si no se sostienen las acciones de control.

En términos prácticos, el pronóstico más consistente no apunta ni al colapso total ni a una erradicación rápida. Todo indica que Cuba entrará en una fase de convivencia prolongada con estas enfermedades, donde el brote se atenúa, reaparece y se mantiene como un riesgo crónico mientras persistan las limitaciones materiales que condicionan la respuesta sanitaria.